lunes, 25 de octubre de 2010

El rescate de la patria

Transcribo aquí artículo de Cristián Warnken publicado en El Mercurio (link) el martes 24 de Agosto de 2010:

Todo ha ido derrumbándose alrededor nuestro en estos años (instituciones, convicciones, la república tal como la conocimos), pero el último derrumbe nos trajo una sorpresa inesperada, impensada…
La tierra habló el 27 de febrero. Ahora es el hombre el que habla desde el fondo de la tierra. Y habla desde el desierto, el desierto que empezaba a crecer en nuestra propia alma. La mirada de esos mineros a la cámara-sonda y la luz de sus linternas tienen el efecto de un relámpago. Un relámpago en la noche. Porque hemos estado sumergidos en una noche sin darnos cuenta. La noche de un país que ha renegado de su luz propia para copiar y encandilarse con la luz de los reflectores, las cámaras, la farándula, el evento, el reality , etcétera.
Ante estos 33 hombres sumergidos en la tierra, todo reality , todo “evento” palidece y se desintegra ante un “acontecimiento”. La realidad -con su consistencia de piedra y mineral- desaloja el simulacro.
Es la verdad, la verdad de nuestra radical precariedad y abismo la que ahora brilla, y brilla sumergida, como un mineral de alta ley, puro, tenaz y deslumbrante.
La luz de estos mineros nos ciega como la luz de la caverna del filósofo griego. Como si no pudiéramos verla de frente, tanta es su potencia enceguecedora. Ahora estamos ciegos. Ciegos por la luz de 33 pequeñas linternas. Y debemos seguir ciegos todo lo que sea necesario, para volver a ver.
¿Y qué vamos a ver? Nuestra desnuda esencia, nuestra verdad más honda, nuestra belleza, nuestra esperanza tanto tiempo sepultada por la mentira.
Estos 33 chilenos son los héroes de una hazaña épica interior. Porque ésa es la batalla que hay que librar ahora: hacia adentro. Y hay que “resistir”. Resistir en el sentido radical que una vez señaló el poeta Rilke. Resistir a los cantos de sirena de superficie, resistir a todo lo que nos aleje de nuestro propio centro, y nos extravíe. Porque de tanto alejarnos de nuestro centro, habíamos perdido contacto con la torre de control. Pero alguien nos ha llamado desde la pura piedra. No un e-mail, no un mensaje de texto: 33 caracteres escritos con la propia sangre.
Los mineros no están en un Infierno: somos nosotros los que estamos en él. El Infierno del sinsentido, de la falta de verdad y autenticidad. Ellos son nuestros Orfeos. Orfeo sacó a su amada Eurídice del Hades, el país subterráneo de la muerte. Ellos, con sus mensajes y sus lámparas, van a sacar a Chile de su extravío. Ellos son nuestros rescatistas.
Hasta ahora teníamos un Bicentenario de cartón piedra, de fachada. Ahora, en esta espera, nos preparamos para nacer de nuevo. Es una espera de un largo parto. Es la tierra que va a dar a luz a 33 hombres. Pero en realidad somos nosotros los que vamos a nacer, porque estábamos dormidos y muertos. No bastó un terremoto para despertar. Necesitábamos un Gran Mito para agruparnos alrededor de él: y ésta no es una “noticia” más, sino un Mito nacido del inconsciente del pueblo chileno. Como si la república quisiera nacer de nuevo, como si estos 33 mineros fueran sus hijos pródigos a punto de regresar. Y mientras no regresen, Chile no existe todavía.
Habrá entonces que dejar hablar de Bicentenario: habrá que hablar del nacimiento de una patria nueva, una patria en gestación que se está incubando al interior de nuestras propias entrañas y alma. Una patria que gestaremos entre todos en estos cuatro meses de rescate, de rescate de nuestra propia esencia perdida.

Una patria más pobre pero más rica, cuyos diamantes son los ojos de los más pobres. Una patria que quiere florecer (como desierto florido) con dolores de parto. Una patria de lámparas de minero y miradas limpias.

El camino de la paz

El camino de la paz consiste en el descenso hacia el pequeño y el débil. Éste es el misterio y la paradoja. (…)
Igual que lo más puro y lo más limpio surge de lo podrido: el vino y el alcohol, de los frutos fermentados; la penicilina, de la gangrena; igual que la tierra es alimentada por los excrementos de los animales y por las hojas muertas; así la curación del corazón y de nuestras divisiones interiores se realiza en la medida en la que entramos en comunión con todo lo que hemos rechazado, con todo lo que nos da miedo: el pobre, el enemigo, el débil, el diferente a nosotros. Es la vuelta a la tierra, la materia, el barro. Pues oculta en esta tierra hay una luz. Este retorno tiene lugar en la humildad, palabra que viene de humus, la tierra.


Jean Vanier – La comunidad, P 236

No hay alegría si no hay paz, no hay paz si no hay justicia, no hay justicia si no hay amor

“Constructores de paz” es una iniciativa impulsada desde “Desafío de humanidad” a partir de la conciencia de que la convivencia humana es una tarea no fácil que depende de la buena voluntad y esfuerzo de todos sus integrantes. Este espacio virtual es una herramienta para colocar en común lecturas y materiales diversos que nos sirvan para ahondar en nuestro propio crecimiento personal, pero la experiencia de la paz se sustenta en la comunidad.

A partir del Encuentro en Lo Alto 2010 se han iniciado unas “comunidades de paz” formadas por personas que tienen este anhelo de la paz y que juntos hacen el camino de conseguirlo.

Habitualmente entendemos paz como ausencia de guerra, ausencia de militares en las calles, pero más que eso la paz es la convivencia humana y fraterna, por ello es urgente tomar conciencia de lo lejos que estamos de vivir en una cultura de paz. La cultura de la paz hay que construirla.

Las situaciones de conflicto nos muestran que la paz es un bien impagable, no obstante ello, la comodidad, el bienestar particular, la inercia de una cierta paz de pactos la postergan. La paz no es una idea, es un trabajo de todos los días y la tarea de alcanzarla es un gran desafío.

“Los seres humanos, por el sólo hecho de existir –pudiendo no haber existido-, tenemos una relación fundamental: ser hermanos en la existencia[1]”. En el fundamento de la existencia está la hermandad con los otros, cuando este cimiento se quiebra todo tipo de distinción se convierte en odio, rencor y juicio que atenta como puñal contra el otro y genera una espiral destructiva.

La paz se inicia por una conciencia de su anhelo, cuando identificamos lo que generamos en nuestras relaciones con otros. El terremoto vivido recientemente nos coloca ante la coyuntura y ante la urgencia de construcción de la paz. Para construir la paz necesitamos de los demás. Precisamos animar la paz en los lugares donde convivimos: el trabajo, la familia, la ciudad.

La construcción de una cultura de paz es un proceso, que a partir del cierre de este ciclo de encuentros en Lo Alto queremos poner en marcha con el lema: “Juntos construyamos la paz”. Como Desafío de Humanidad queremos impulsar una reflexión, una toma de conciencia y acciones concretas que nos lleven a ser verdaderos discípulos de la paz.